Figaro

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El calavera temerón tiene indispensablemente, o ha tenido alguna temporada una cerbatana, en la cual adquiere singular tino. Colocado en alguna tienda de la calle de la Montera, se parapeta detrás de dos o tres amigos, que fingen discurrir seriamente.

—Aquel viejo que viene allí: ¡mírale qué serio viene!

—Sí; el de la casaca verde, ¡va bueno!

—Dejad, dejad. ¡Pum!, en el sombrero. Seguid hablando y no miréis.

Efectivamente, el sombrero del buen hombre produce un sonido seco: el acometido se para, se quita el sombrero, lo examina.

—¡Ahora! —dice la turba—. ¡Pum!, otra a la calva.

El viejo da un salto y echa una mano en la calva; mira a todas partes… nada.

—¡Está bueno! —dice por fin, poniéndose el sombrero—; algún pillastre… bien podría irse a divertir…

—¡Pobre señor! —dice entonces el calavera, acercándosele—; ¿le han dado a usted?, es una desvergüenza… ¿pero le han hecho a usted mal?…

—No, señor, felizmente.

—¿Quiere usted algo?

—Tantas gracias.


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