Figaro

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Otras veces, el calavera se coloca en el confín de la acera, y fingiendo buscar el número de una casa, ve venir a uno, y andando con la cabeza alta, arriba, abajo, a un lado, a otro, sortea todos los movimientos del transeúnte, cerrándole por todas partes el paso a su camino. Cuando quiere poner un término a la escena, finge tropezar con él, y le da un pisotón; el otro entonces le dice: perdone usted; y el calavera se incorpora con su gente.

A los pocos pasos se va con los brazos abiertos a un hombre muy formal, y ahogándole entre ellos:

—Pepe —exclama—, ¿cuándo has vuelto? ¡Sí, tú eres!

Y lo mira: el hombre, todo aturdido, duda si es un conocimiento antiguo… y tartamudea… Fingiendo entonces la mayor sorpresa.

—¡Ah!, usted perdone —dice retirándose el calavera—: creí que era usted un amigo mío…

—No hay de qué.

—Usted perdone. ¡Qué diantre! No he visto cosa más parecida.

Si se retira a la una o a las dos de su tertulia, y pasa por una botica, llama: el mancebo, medio dormido, se asoma a la ventanilla.

—¿Quién es?

—Dígame usted —pregunta el calavera—, ¿tendría usted espolines?


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