Figaro
Figaro ¡Ah, mundo de dolor y de trastrueques! La trapera es más feliz. ¡MÃrala entrar en el portal, mÃrala mover el polvo! El amante la maldice: durante su estancia no puede subir la escalera; por fin, sale y el imbécil entra, despreciándola al pasar. ¡Insensato!, esa que desprecia lleva en su canasta, cogidos a su misma vista, el pelo que le sobró a Amelia del peinado aquella mañana, una apuntación antigua de la ropa dada a la lavandera, toda de su letra (la cosa más tierna del mundo), y una gola de linón hecha pedazos… ¡Una gola! Y acaso el borrador de algún billete escrito a otro amante.
Alcánzala, busca; el corazón te dirá cuáles son los afectos de tu amada. Nada. El amante sigue pidiendo a suspiros y gemidos las tiernas prendas, y la trapera sigue pobre su camino. Todo por no entenderse. ¡Cuántas veces pasa asà nuestra felicidad a nuestro lado, sin que nosotros la veamos!
Me he detenido distinguiendo en mi descripción a la trapera entre todos los demás menudos oficios, porque realmente tiene una importancia que nadie le negará. Enlazada con el lujo y las apariencias mundanas por la parte del trapo, e Ãntimamente unida con las letras y la imprenta por la del papel, era difÃcil no destinarle algunos párrafos más.
El oficio que rivaliza en importancia con el de la trapera, es indudablemente el del zapatero de viejo.