Figaro

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—¡Dios me libre de un hombre amable! No iré a su casa, porque me convidará. No le encontraré en la calle, porque vendrá a mí con los brazos abiertos aunque me haya visto ayer; se enganchará de mí, me preguntará de mi salud, de mis hijos, de mis comedias, de mis artículos, de mis… Pero líbreme, aunque sea el Diablo, de una mujer amable; nunca sabré si me quiere o si me estima, si es bien criada o tierna, si… ¡Válgame Dios!, y líbreme, aunque sea el Diablo, de una mujer amable: ésa me volvería loco.

—Oigan ustedes a don Lucas Mentirola. Ése viene siempre de donde sucede algo. ¿Ha habido fuego?

—Vengo de allí. Hace estragos horrorosos.

—¿Ha llegado el tenor nuevo?

—Sí —responde—, le acabo de dar un abrazo: viene gordo, y su voz es un portento; le hice entrar en un portal y cantar un rato… por mí lo hizo. Es un gran muchachón: rubio, alto, ¡extranjero!

Al otro día se sabe que el tenor no ha llegado, y si ha llegado es chiquito, negro, bizco…

—¿Está malo algún sujeto marcado?

—Hoy está mejor —dice—; se ha reído mucho conmigo; una hora he estado con él.

Luego se averigua que el que tanto se ha reído estaba ya enterrado.

—¿Quién es aquel botarate?


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