Figaro
Figaro —¡Paciencia! Mañana será otro dÃa. Yo, con ese temor, me he guardado muy bien de traer el dominó, cuyas señas le daba en la carta.
—Hiciste muy bien.
—PerfectÃsimamente —repetà yo para mÃ, y salimos riendo de los azares de la vida.
Bajamos atropellando un rimero de criados y capas tendidos aquà y allà por la escalera. La noche no dejó de tener tampoco algún contratiempo para mÃ. Yo me habÃa llevado la querida de otro; en justa compensación otro se habÃa llevado mi capa, que debÃa parecerse a la suya, como se parecÃa mi dominó al del desventurado querido. Ya estás vengado —exclamé—, ¡oh, burlado mancebo! Felizmente, yo, al entregarla en la puerta, habÃa tenido la previsión de despedirme de ella tiernamente para toda mi vida. ¡Oh, previsión oportuna! Ciertamente que no nos volveremos a encontrar mi capa y yo en este mundo perecedero; habÃa salido ya de la casa, habÃa andado largo trecho, y aún volvÃa la cabeza de rato en rato hacia sus altas paredes, como Héctor al dejar a su Andrómaca, diciendo para mÃ: allà quedó, allà la dejé, allà la vi por última vez.