Figaro
Figaro —Considere usted que es preciso hacer ese trabajo en horas —replico lleno de entusiasmo—; el hombre llega a cansarse…
—Si usted es hombre que se cansa alguna vez, no sirve usted para periódicos…
—Me dolÃa ya la cabeza…
—Al buen periodista nunca le debe doler la cabeza…
—¡Oh, qué placer el de ser redactor!
Dejémonos de fárrago, yo no sirvo para él. Vaya un artÃculo profundo; ojeo el Say y el Smith; de economÃa polÃtica será.
—Grande artÃculo —me dice el editor—, pero, amigo FÃgaro, no vuelva usted a hacer otro.
—¿Por qué?
—Porque esto es matarme el periódico. ¿Quién quiere usted que lea, si no es jocoso, ni mordaz, ni superficial? Si tiene además cinco columnas… todos se me han quejado; nada de artÃculos cientÃficos, porque nadie los lee. Perderá usted su trabajo.
—¡Oh, qué placer el de ser redactor!
—Encárguese usted de revisar los artÃculos comunicados, y sobre todo las composiciones poéticas de circunstancias…
—¡Ay, señor editor, pero habrá que leerlos!…
—Preciso, señor FÃgaro…