Figaro
Figaro —¿Yo, señor editor?
¡Oh, qué placer el de ser redactor!
¡Oh, si esto fuese todo, y si sólo fuera uno responsable, pobre FÃgaro, de lo que escribe! Pero ¡ah!, tocamos a otro inconveniente; supongo yo que no apareció el autor necio, ni el actor ofendido, ni disgustó el artÃculo, sino que todo fue dicha en él. ¿Quién me responde de que algún maldito yerro de imprenta no me hará decir disparate sobre disparate? ¿Quién me dice que no se pondrá Camellos donde yo puse Comellas, torner donde escribà yo Forner, ritómico donde rÃtmico, y otros de la misma familia? ¿Será preciso imprimir yo mismo mis artÃculos? ¡Oh, qué placer el de ser redactor!
¡Santo cielo! ¿Y yo deseaba ser periodista? Confieso como hombre débil, lector mÃo, que nunca supe lo que quise; juzga tú por el largo cuento de mis infortunios periodÃsticos, que mucho procuré abreviarte, si puedo y debo, con sobrada razón, exclamar ahora que ya lo soy: ¡Oh, qué placer el de ser redactor!