Figaro
Figaro Invitele a que se sentara, lo cual hizo en la punta de una silla, como que no querÃa abusar de mi buena crianza, poniendo su sombrero debajo de una mesa a modo de florero o de escupidera.
—¿Y qué es el caso? —le pregunté; porque ha de advertir el lector que yo me perezco por los diálogos.
—¿Qué ha de ser, señor FÃgaro, sino que yo he puesto un artÃculo en un periódico, y no bien le habÃa leÃdo impreso, cuando, zás, ya me han contestado?
—¡Oh! Son muy bien criados los periodistas —le dije— no saben lo que es dejar a un hombre sin contestación.
—SÃ, señor; pero de buenas a primeras, y sin pedirme mi parecer, dan en la flor de decirme que es mi artÃculo un puro disparate. Es el caso que yo también quiero contestar, porque ¿qué dirá el mundo, y sobre todo la Europa, si yo no contesto?
—Cierto: no se piensa en otra cosa en el dÃa sino en Portugal y en su artÃculo de usted.
—Ya se ve: y como usted entiende de achaques de contestaciones, y de cómo se lleva por aquà eso de polémica literaria, vengo a que me endilgue usted, sobre poco más o menos, cuatro consejos oportunos, de modo que la materia en cuestión se dilucide, se entere el público de quién tiene razón, y quede yo encima, que es el objeto.