Figaro
Figaro —No tenga usted cuidado: el público se morirá de risa, y la palestra queda por el que hace reÃr. ¿Qué más tiene el adversario? ¿Tiene alguna verruga en las narices, tiene moza, debe a alguien, ha estado en la cárcel alguna vez, gasta peluca, ha tenido opinión nula?…
—Algo, algo hay de eso.
—Pues bien: a él: la opinión, la verruga; duro en sus defectos. ¿Qué entenderá él de achaque de tabacos, si escribió en los periódicos de entonces, si el año 8 jugaba a la pipirijaina o a la pata coja?
—¿Pero adónde vamos a parar?…
—A la tetilla izquierda, señor: usted no se desanime: ¿le coge usted en un plagio? El texto en los hocicos, el original, y ande. ¿Sabe usted algún cuento?, a contársele.
—¿Y si no vienen a pelo los cuentos que yo sé?
—No importa; usted hará reÃr, y ése es el caso. ¿Dice él que usted se equivoca una vez? DÃgale usted que él se equivoca ciento, y pata. Usted es un tal; y usted es más: éste es el modo.
—Pero, señor FÃgaro, ¿y dónde dejamos ya la cuestión de tabacos?