Figaro
Figaro Un partidario de este temple es una alhaja impagable para toda especie de gobierno mientras haya imprenta; y más si añadimos que cree como en su salvación en los partes de los encuentros y escaramuzas que en los papeles públicos suelen venir consignados, y se extasÃa de placer cuando se encuentra con aquello de que: «de los enemigos murieron tantos centenares de hombres, y nosotros no hemos tenido más que un contuso y algún sargento desmayado», o cosa semejante.
—DarÃa yo —dice algunas veces—, la mitad de mi sueldo por poder escribir un artÃculo de esos retumbantes de polÃtica. ¡Voto va!, ¡qué hombres ésos!; ¡y qué talentos! ¡Y cómo lo convencen a uno con sus discursos! ¡Media vida diera yo, y la mitad de la otra media porque mi hijo Tomasito pudiera el dÃa de mañana hacer otro tanto!
Llevado de esta idea, ha hecho aprender latÃn al muchacho, y en el dÃa le ha dado un maestro de francés, porque dice que en sabiendo francés ya se sabe todo lo que hay que saber; y que él conoce a no pocos sabios de campanillas en esta tierra que no saben otra cosa. Como dos meses llevarÃa el angelito, que tiene a la sazón catorce años, de traducir mal y leer peor el Calypso se trouvait inconsolable du départ d’Ulysse, cuando me lo trajo una mañana su papá, y ambos a dos me hicieron una visita, cuyos interesantes detalles no quiero en ninguna manera perdonar a mis curiosos lectores.