Figaro
Figaro —Permitidme Mr. Sans-délai —le dije entre socarrón y formal—, permitidme que os convide a comer para el dÃa en que llevéis quince meses de estancia en Madrid.
—¿Cómo?
—Dentro de quince meses estáis aquà todavÃa.
—¿Os burláis?
—No por cierto.
—¿No me podré marchar cuando quiera? ¡Cierto que la idea es graciosa!
—Sabed que no estáis en vuestro paÃs activo y trabajador.
—¡Oh!, los españoles que han viajado por el extranjero han adquirido la costumbre de hablar mal de su paÃs por hacerse superiores a sus compatriotas.
—Os aseguro que en los quince dÃas con que contáis no habréis podido hablar siquiera a una sola de las personas cuya cooperación necesitáis.
—¡Hipérboles! Yo les comunicaré a todos mi actividad.
—Todos os comunicarán su inercia.
Conocà que no estaba el señor de Sans-délai muy dispuesto a dejarse convencer sino por la experiencia, y callé por entonces, bien seguro de que no tardarÃan mucho los hechos en hablar por mÃ.