Figaro
Figaro —¿Y los graciosos?
—Esto es lo más fácil: estiraré mucho la pata, daré grandes voces, haré con la cara y el cuerpo todos los raros visajes y estupendas contorsiones que alcance, y saldré vestido de arlequÃn.
—Usted hará furor.
—¡Vaya si haré! Se morirá el público de risa, y se hundirá la casa a aplausos. Y especialmente, en toda clase de papeles, diré directamente al público todos los apartes, monólogos, gracias y parlamentos de intención o lucimiento que en mi parte se presenten.
—¿Y memoria?
—No es cosa la que tengo; y aun ésa no la aprovecho, porque no me gusta el estudio. Además que eso es cuenta del apuntador. Si se descuida se le lanza de vez en cuando un par de miradas terribles, como diciendo al público: ¡Ven ustedes qué hombre!
—Esto es; de modo que el apuntador vaya tirando del papel como de una carreta, y sacándole a usted la relación del cuerpo como una cinta. De esa manera, y hablando él altito, tiene el público, el placer de oÃr a un mismo tiempo dos ejemplares de un mismo papel.
—SÃ, señor; y, en fin, cuando uno no sabe su relación se dice cualquier tonterÃa, y el público se la rÃe. ¡Es tan guapo el público!, ¡si usted viera!
—Ya sé ¡ya!