Figaro
Figaro Presentó con todo, yendo y viniendo dÃas, una proposición de mejoras para un ramo que no citaré, quedando recomendada eficacÃsimamente.
A los cuatro dÃas volvimos a saber el éxito de nuestra pretensión.
—Vuelva usted mañana —nos dijo el portero.
—El oficial de la mesa no ha venido —dije yo entre mÃ.
FuÃmonos a dar un paseo, y nos encontramos ¡qué casualidad!, al oficial de la mesa en el Retiro, ocupadÃsimo en dar una vuelta con su señora al hermoso sol de los inviernos claros de Madrid.
Martes era al dÃa siguiente, y nos dijo el portero:
—Vuelva usted mañana, porque el señor oficial de la mesa no da audiencia hoy.
—Grandes negocios habrán cargado sobre él —dije yo.
Como soy el diablo y aun he sido duende, busqué ocasión de echar una ojeada por el agujero de una cerradura. Su señorÃa estaba echando un cigarrito al brasero, y con una charada del Correo entre manos que le debÃa costar trabajo el acertar.
—Es imposible verlo hoy —dije a mi compañero—, su señorÃa está en efecto ocupadÃsimo.