Figaro
Figaro —¡Voto va! —dije yo a monsieur Sans-délai—; ¿sabéis que nuestro expediente se ha quedado en el aire como el alma de Garibay, y que debe de estar ahora posado como una paloma sobre algún tejado de esta activa población?
Hubo que hacer otro. ¡Vuelta a los empeños! ¡Vuelta a la prisa! ¡Qué delirio!
—Es indispensable —dijo el oficial con voz campanuda—, que esas cosas vayan por sus trámites regulares.
Es decir, que el toque estaba, como el toque del ejército militar, en llevar nuestro expediente tantos o cuantos años de servicio.
Por último, después de cerca de medio año de subir y bajar, y estar a la firma, o al informe, o a la aprobación, o al despacho, o debajo de la mesa, y de volver siempre mañana, salió con una noticia al margen, que decÃa: «A pesar de la justicia y utilidad del plan del exponente, negado».
—¡Ah, ah! M. de Sans-délai —exclamé riéndome a carcajadas—: éste es nuestro negocio.
Pero monsieur de Sans-délai se daba a todos los oficinistas, que es como si dijéramos a todos los diablos.