Figaro
Figaro —Señor mÃo —exclamé sin llevar más adelante mi paciencia—, está usted en un error harto general. Usted es como muchos que tienen la diabólica manÃa de empezar siempre por poner obstáculos a todo lo bueno, y el que pueda que los venza. Aquà tenemos el loco orgullo de no saber nada, de quererlo adivinar todo y no reconocer maestros. Las naciones que han tenido, ya que no el saber, deseos de él, no han encontrado otro remedio que el de recurrir a los que sabÃan más que ellas.