Figaro

Figaro

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Temblaba a todo esto el buen labriego, pues ya había caído él en la cuenta de que si todos aquellos señores habían de mandar, y no había otro sino él por allí que obedeciese, era la partida más que desigual. Calculando, pues, que un pueblo donde no había más que la justicia y él, él había de ser forzosamente el ajusticiado, andaba buscando arbitrios para escaparse del poder de la Junta; la cual así pensaba en soltarle, como quien lo consideraba en aquellos momentos un cacho de la apetecida España, que la Providencia tiene guardada felizmente para más altos fines.

Pero Dios que no se olvida nunca de los suyos, aunque ellos se olviden de Él, lo había dispuesto de otro modo: no bien se había leído el último renglón del decreto del notario, cuando se oyó en la calle un espantable ruido.

—Esto son tiros —exclamó Cuadrado, que era el único que alguna vez los había oído desde lejos.

—¡Tiros! —dijo el Presidente—, ¿a que estamos ganando una batalla sin saber una palabra?…

—No corremos ese riesgo —entró gritando el portugués—; sálvense Vuestras Excelencias, sálvense: aquí quedo yo, que soy portugués y basto para cien casteçaos. Os perdono —dijo entonces volviéndose a los que ya entraban—, os perdono, casteçaos; daos, que no os quiero matar.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker