Figaro
Figaro Temblaba a todo esto el buen labriego, pues ya habÃa caÃdo él en la cuenta de que si todos aquellos señores habÃan de mandar, y no habÃa otro sino él por allà que obedeciese, era la partida más que desigual. Calculando, pues, que un pueblo donde no habÃa más que la justicia y él, él habÃa de ser forzosamente el ajusticiado, andaba buscando arbitrios para escaparse del poder de la Junta; la cual asà pensaba en soltarle, como quien lo consideraba en aquellos momentos un cacho de la apetecida España, que la Providencia tiene guardada felizmente para más altos fines.
Pero Dios que no se olvida nunca de los suyos, aunque ellos se olviden de Él, lo habÃa dispuesto de otro modo: no bien se habÃa leÃdo el último renglón del decreto del notario, cuando se oyó en la calle un espantable ruido.
—Esto son tiros —exclamó Cuadrado, que era el único que alguna vez los habÃa oÃdo desde lejos.
—¡Tiros! —dijo el Presidente—, ¿a que estamos ganando una batalla sin saber una palabra?…
—No corremos ese riesgo —entró gritando el portugués—; sálvense Vuestras Excelencias, sálvense: aquà quedo yo, que soy portugués y basto para cien casteçaos. Os perdono —dijo entonces volviéndose a los que ya entraban—, os perdono, casteçaos; daos, que no os quiero matar.