Figaro
Figaro —¡Santo Dios, yo te doy gracias —exclamo respirando como el ciervo que acaba de escaparse de una docena de perros y que oye ya apenas sus ladridos—; pero de aquà en adelante no te pido riquezas, no te pido empleos, ni honores; lÃbrame de los convites caseros y de dÃas de dÃas; lÃbrame de estas casas en que es un convite un acontecimiento; en que sólo se pone la mesa decente para los convidados; en que creen hacer obsequios cuando dan mortificaciones; en que se hacen finezas, en que se dicen versos, en que hay niños, en que hay gordos, en que reina, en fin, la brutal franqueza de los castellanos viejos! ¡Quiero que, si caigo de nuevo en tentaciones semejantes, me falte un roastbeef, desaparezca del mundo el beefsteak, se anonaden los timbales de macarrones, no haya pavos en Perigueux, ni pasteles en Périgord, se sequen los viñedos de Burdeos, y beban, en fin, todos menos yo, la deliciosa espuma del champaña!