Figaro

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—Esto no es conmigo —exclamé— bajamos del birlocho, y a pie nos fuimos a quejar y reclamar nuestra señal a casa del alquilador. Preguntamos y volvimos a preguntar, y nadie respondía, que aquí es costumbre muy recibida: pareció por fin un hombre, digámoslo así, y un hombre tan mal encarado como el birlocho: expúsele el caso, y pedile mi señal en vista de que yo no alquilaba el birlocho para tirar de él, sino para que tirase él de mí.

—¿Qué tiene usted que pedirle a ese birlocho y a esa jaca sobre todo? —me dijo echándome a la cara una interjección expresiva y una bocanada de humo de un maldito cigarro de dos cuartos.

Después de semejante entrada nada quedaba que hablar.

—Véale usted despacio —le contesté, sin embargo.

—Pues no hay otro —siguió diciendo—; y volviéndome la espalda: —¡A París por gangas!— añadió.

—Diga usted, señor grosero —le repuse—, ya en el colmo de la cólera, ¿no se contentan ustedes con servir de esta manera, sino que también se han de aguantar sus malos modos? ¿Usted se pone aquí para servir, o para mandar al público? Pudiera usted tener más respeto y crianza para los que son más que él.


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