Figaro
Figaro —Alto ahÃ, señor observador de un dÃa —dije a mi extranjero interrumpiéndole—; adivino la idea de usted. Las observaciones que ha hecho usted hoy son ciertas; la observación general, empero, que de ellas deduce usted, es falsa; ésa es una anomalÃa como otras muchas que nos rodean y que sólo se podrÃan explicar entrando en pormenores que no son del momento; éste es, desgraciadamente, el paÃs menos dispuesto a lo que usted cree, por más que le parezcan a usted todos unos. No confunda usted la debilidad de la senectud con la de la niñez: ambas son debilidad; las causas son, no obstante, diferentes; esa franqueza, esa aparente confusión y nivelamiento extraordinario, no es el de una sociedad que acaba, es el de una sociedad que empieza, porque yo llamo empezar…
—¡Oh!, sÃ, sÃ, entiendo. ¡C’est drôle! ¡C’est drôle! —repetÃa mi francés.
—Ahà verá usted —repetÃa yo— entre qué gentes estamos.