El diario de Tita
El diario de Tita —Si buscan comida, llévense lo que puedan cargar —les dijo—. Pero ni se les ocurra tocar a mis hijas.
No sé cómo lo hace. No sé qué demonios la sostienen.
Las noticias llegan a cuenta gotas. Gertrudis ha desaparecido. Dicen que escapó con un revolucionario, que la vieron montada a caballo, desnuda, huyendo en la noche.
Mamá Elena casi se muere del coraje. Quemó todas sus fotos, sus cosas, su nombre.
—Esa ya no es mi hija —dijo.
Pero lo que no sabe es que yo la envidio. Porque Gertrudis, al menos, fue libre.
Algo dentro de mà ha cambiado. No sé cómo explicarlo.
Hoy, mientras preparaba la cena, Pedro se acercó. Estábamos solos por primera vez en semanas.
—Tita… —susurró, y solo con su voz sentà cómo mi piel se encendÃa.
Quise decirle que se fuera, que no podÃamos seguir con esto, pero entonces ocurrió. Me tomó de la mano. Su calor se fundió con el mÃo.
Y por primera vez en mucho tiempo, sentà algo distinto al dolor.
Sentà vida.
