El arco iris
El arco iris La imaginación de la señora Brangwen se encendía cuando veía a la mujer del señor de Shelly Hall, que iba a la iglesia con sus niñas, tan bien vestidas, con sus capas de piel de castor y sus elegantes sombreritos, y la propia madre como una rosa de invierno, tan rubia y delicada. Tan rubia, de tan fina hechura, tan radiante, ¿qué sentía la señora Hardy que ella, la señora Brangwen, no sintiera? ¿En qué se diferenciaba la naturaleza de la señora Hardy de la de las mujeres corrientes de Cossethay, en qué estaba por delante de ellas? Todas las mujeres de Cossethay hablaban con entusiasmo de la señora Hardy, de su marido, de sus hijos, de sus invitados, de sus vestidos, de sus criados y de su mansión. La mujer del señor era el sueño viviente de todas ellas; su vida, la epopeya que a todas inspiraba. En ella vivían las mujeres del pueblo con la imaginación, y también en las habladurías que circulaban sobre su marido, que bebía, y sobre su escandaloso hermano, y sobre su amigo, lord William Bentley, parlamentario regional, y así veían desarrollarse las mujeres su propia Odisea, a Penélope y a Ulises delante de sus ojos, y a Circe y a los cerdos, y el eterno tejido del sudario.