El arco iris
El arco iris Cuando salieron al sol y Tom Brangwen vio la escarcha canosa y azul entre la hierba, al pie de las lápidas, y encima los acebos, con su centelleo escarlata, mientras repicaban las campanas y los tejos tendían sus ramas negras, inmóviles, recortadas, todo le pareció una visión.
La comitiva nupcial cruzó el cementerio hasta los peldaños del muro, subió y bajó por el otro lado. ¡Ah, blanca novia vanidosa como un pavo real, encaramada al muro y tendiendo su mano al novio, al otro lado, para que la ayudase a bajar! La vanidad de sus pies blancos, finos, que pisaban con remilgo, y su cuello arqueado. Y la impúdica majestuosidad con que parecía excluirlos a todos, a los demás, padres e invitados a la boda, cuando echó a andar del brazo de su joven marido.
En la casita de campo se habían encendido las chimeneas, había docenas de vasos en la mesa, y guirnaldas de acebo y muérdago. Los invitados se arremolinaron, y Tom Brangwen se puso parrandero y empezó a servir bebidas. Todo el mundo tenía que beber. Las campanas repicaban a lo lejos, contra las ventanas.
–Levantad los vasos en alto –gritó el padrino desde el salón–, levantad los vasos en alto y bebed por la casa y el hogar… Por la casa y el hogar, y que lo disfruten.
–Que lo disfruten día y noche –gritó Frank Brangwen, a viva voz.