El arco iris

El arco iris

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Will sintió una furia desmedida contra su mujer. En parte se avergonzaba de su amor por estas cosas, ocultaba la pasión que le inspiraban. Se avergonzaba del éxtasis que podían llegar a producirle estos símbolos. Y, por unos momentos, odió al cordero y las pinturas de escenas místicas de la eucaristía, con un odio ceniciento y feroz. Su fuego se había extinguido. Anna lo había apagado, arrojándole un cubo de agua fría. La situación era humillante para Will, tenía un regusto a ceniza en la boca. Se marchó, invadido por una cólera fría como un cadáver, y dejó a su mujer sola. La odiaba. Echó a andar por la nieve blanca, bajo un cielo de plomo.

Y Anna volvió a llorar, reviviendo con amargura la tristeza de otros días. Sin embargo, en su fuero interno estaba más tranquila… Sí, mucho más tranquila.

Estaba dispuesta a hacer las paces con su marido cuando él volvió a casa. Will estaba hosco y lúgubre, aunque aplacado. Anna había roto algo dentro de él. Y se alegró de desterrar por fin de su alma todos sus símbolos, de que Anna le hiciera el amor. Le encantó que ella apoyara la cabeza en sus rodillas y, aunque él no se lo había pedido, aunque no lo deseaba, le encantó que lo abrazara y le hiciera el amor descaradamente, sin que él se lo hiciera a ella. Sentía que la sangre volvía a correr con fuerza por sus extremidades.


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