El arco iris
El arco iris Pero Will combatía en silencio. Sentía alzarse ante él un muro de oscuridad impenetrable que le cerraba el paso, lo asfixiaba y lo enloquecía. Quería que Anna viniera a él, para completarlo, que se pusiera delante de él para que sus ojos no vieran la oscuridad desnuda. Nada quería sino que ella viniera a completarlo. Porque estaba lastrado por la horrible conciencia de su propia limitación. Se sentía como un ser incompleto, informe todavía en la oscuridad, y deseaba que ella viniera a liberarlo definitivamente.
Pero Anna era un ser pleno, y avergonzaba a Will esta conciencia de su necesidad, esta indefensa necesidad de ella. Su necesidad y su vergüenza de la necesidad pesaban sobre él como la locura. Sin embargo, Anna estaba dulce y tranquila, en actitud de reverencia ante su embarazo, y porque aquel hijo era de él.
Estaba feliz como un chorro de sol. Amaba a su marido, como una presencia, como un estado del que dar gracias. Aunque solo fuera momentáneamente, su necesidad se veía satisfecha, y ahora no quería nada más que coger a su marido de la mano de pura felicidad, sin pensar en nada, solo estar contenta.