El arco iris
El arco iris Anna se puso sus mejores galas, recuperó sus mejores modales del colegio y llegó con su marido. Will Brangwen, rubicundo, radiante, con sus extremidades esbeltas y su cabeza pequeña, tosco como un pájaro, no cambió en lo más mínimo. La baronesa sonreía, enseñando los dientes. Era una mujer con verdadero encanto, una especie de frialdad alegre, y se reía, entusiasmada, como una comadreja. A Anna le inspiró respeto desde el primer momento, y se puso en guardia, instintivamente atraída por la curiosa seguridad infantil de la baronesa, fascinada, a pesar de que no se fiaba de ella. Skrebensky tenía el pelo completamente blanco, muy erizado. Se había vuelto arrugado y marchito, pero conservaba su carácter insumiso y arrogante. Anna se fijó en su delgadez, en sus piernas pequeñas, delicadas y enjutas y en sus manos enjutas, y se ruborizó. Apreciaba la virilidad del barón, la enjuta suma de los años, su fuego amorfo, su capacidad para la respuesta rotunda y contundente. Era un hombre completamente imparcial, absolutamente objetivo. Ninguna mujer le interesaba. No había confusión posible. De ahí que sus respuestas fueran siempre sutiles y deliberadas.