El arco iris
El arco iris La niña
Desde el primer momento, la niña despertó en su joven padre una emoción intensa y honda que él apenas se atrevía a reconocer, de tan intensa como era, surgida de sus propias tinieblas. Cuando la oía llorar, el pánico se apoderaba de él, consciente de cómo respondía el eco desde las profundidades insondables de su alma. ¿Tenía que conocer estos abismos, peligrosos y acechantes?
Daba vueltas de un lado a otro con la niña en brazos, angustiado por el llanto de su propia carne y su propia sangre. ¡Aquél era el llanto de su propia carne y su propia sangre! Will se enfrentaba con esta voz interior que estallaba sin previo aviso, desde sus abismos.
A veces, de noche, la niña no paraba de llorar, a esa hora en que la noche era más densa y el sueño aplastaba a Will. Y, adormilado, tendía una mano con la intención de posarla en la cara de su hija, para que dejase de llorar. Pero algo detenía su mano: la cualidad inhumana de aquel llanto insoportable y continuo lo obligaba a detenerse. Era un llanto impersonal, desprovisto de causa o de finalidad humana. Sin embargo, resonaba muy dentro de Will, despertaba en su alma la locura. Lo llenaba de terror, le ponía casi frenético.
