El arco iris
El arco iris Empezó con sus clases nocturnas a los treinta años. Para entonces era padre de cinco hijos, el último un niño. Que fuera niño o niña tenía muy poca importancia para él. Sentía por sus hijos un afecto natural y le gustaba que llegaran: niños o niñas. Ursula era a la que más quería. En cierto modo, parecía que su hija estaba detrás de esta nueva aventura de las clases nocturnas.
La casa de los tejos por fin tenía un vínculo con la gran empresa humana. Y con ello cobró un vigor nuevo.
Para Ursula, una niña de ocho años, la magia de la vida aumentó notablemente. Oía las conversaciones, veía cómo la sala parroquial se transformaba en un taller. La sala parroquial era un edificio de piedra alto, parecido a un granero, construido en el segundo jardín de los Brangwen, al otro lado del callejón. Ursula siempre se había sentido atraída por esta construcción tan vieja, varada en su antigüedad. Ahora, sentada en los peldaños de piedra que bajaban del porche al jardín, observaba los preparativos y oía las conversaciones de su padre con el vicario, se enteraba de sus planes. Poco después vino un inspector, un hombre muy raro que se pasó la tarde hablando con su padre. Todo estaba a punto, y doce niños se matricularon en el curso. Era muy emocionante.