El arco iris
El arco iris –¿Está ahí? –llegó el grito enloquecedor de su madre.
–No –fue la tajante respuesta.
–¡To-om, To-o-om! –resonó la voz penetrante, libre, de otro mundo. Era una voz aguda y sobrenatural, casi pura. Fred Brangwen la encontraba abominable. Estaba a punto de volverse loco. La voz resonaba de un modo atroz, casi como un cántico.
El agua entraba a raudales en la casa.
–Más vale que subas a casa de los Beeby y los traigas a él y a Arthur, y dile a la señora Beeby que avise a Wilkinson –le dijo Fred a Tilly.
Obligó a su madre a que subiera al piso de arriba.
–Sé que tu padre se ha ahogado –dijo ella, con curioso abatimiento.
La inundación siguió creciendo a lo largo de la noche, hasta que se llevó el hervidor que estaba en el hornillo. La señora Brangwen se sentó junto a una ventana del piso de arriba. No volvió a gritar. Los hombres estaban ocupados con los cerdos y el ganado. Fueron a buscarla en una barca.