El arco iris

El arco iris

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Así, los Brangwen iban y venían sin miedo a la penuria, trabajando con ahínco, no por necesidad sino porque estaban llenos de vida. Tampoco eran malgastadores. Tenían en cuenta hasta el último céntimo, y el instinto les hacía aprovechar incluso las mondas de las manzanas, para dárselas al ganado. Pero el cielo y la tierra bullían a su alrededor, ¿cómo iba esto a tener fin? Sentían la corriente de la savia en primavera, conocían la fuerza que no puede detenerse, que año tras año impulsa a la semilla para que ésta germine y, al retirarse, deja en la tierra sus brotes jóvenes. Conocían la íntima relación que existe entre el cielo y la tierra, el sol escondido en el pecho y en las entrañas, la lluvia succionada a lo largo del día, la desnudez que trae consigo el viento en otoño, y así de nada sirve que los pájaros se oculten en sus nidos. Su vida y sus relaciones consistían en sentir el pulso y el cuerpo de la tierra, que se abría en surcos para acoger la simiente y quedaba alisada y fina tras el paso del arado, se pegaba a las plantas de los pies, porque pesaba como el deseo, y se mostraba dura e indiferente cuando llegaba el momento de la siega. El maíz joven ondulaba como la seda, y su brillo acariciaba las extremidades de los hombres que lo veían. Apretaban las ubres de las vacas y las vacas daban leche y palpitaban en las manos de los hombres, acompasándose el latido de la sangre en las tetas de las vacas con el pulso de las manos de los hombres. Montaban sus caballos, sujetando la vida entre las rodillas para engancharlos al carro y, con una mano en la argolla de la brida, los hacían levantarse en contra de su voluntad.


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