El arco iris
El arco iris Los pequeños retazos de información dispar despertaban en ella una pasión incomprensible. Cuando supo que las diminutas yemas marrones del otoño contenÃan, minúsculas y completas, las flores agotadas del verano, que pasarÃan nueve meses a la espera, diminutas y plegadas, sintió un fogonazo de triunfo y amor.
«No podrÃa morir nunca mientras exista un árbol», sentenciaba, con vehemencia, deteniéndose delante de un gran fresno en actitud de veneración.
Era la gente quien, en cierto modo, representaba para ella una amenaza erguida. Su vida por aquel entonces era amorfa, palpitante, se protegÃa esencialmente de todo roce. Daba algo a los demás, pero nunca se daba a sà misma, porque no tenÃa identidad. En presencia de los árboles, los pájaros y el cielo, no tenÃa miedo ni se avergonzaba. Pero la gente le daba pánico, se avergonzaba de no ser como los demás, firmes, enfáticos, de ser tan solo una sensibilidad indefinida y temblorosa, sin forma ni existencia.