El arco iris
El arco iris Hablaban de religión y se liberaban de sus dogmas, de sus falsedades. Winifred lo humanizaba todo. Poco a poco, Ursula comprendió que la religión que conocía no era más que una envoltura concreta de una aspiración humana. La aspiración era lo real: la envoltura era cuestión de gusto o de necesidad nacional. Los griegos tenían un Apolo desnudo, los cristianos un Cristo de túnica blanca, los budistas un príncipe, los egipcios a su Osiris. Las religiones eran locales y la religión era universal. El cristianismo era una rama local. Hasta el momento no se había producido la asimilación de las religiones locales en una creencia universal.
En la religión convivían las dos grandes cuestiones del miedo y el amor. La cuestión del miedo era casi tan importante como la cuestión del amor. El cristianismo aceptaba la crucifixión para huir del miedo: «Hazme el peor mal y no temeré mal alguno». Pero aquello que se temía no siempre era forzosamente malo, y aquello que se amaba no siempre era forzosamente bueno. El miedo se volverá reverencia, y la reverencia es sumisión en la identificación: el amor se alzará con la victoria, y la victoria es placer en la identificación.