El arco iris
El arco iris Brangwen y Winifred Inger siguieron prometidos tres meses más. Después se casaron. Brangwen había llegado a una edad en que quería hijos. Quería hijos. Ni el matrimonio ni los valores domésticos significaban nada para él. Quería reproducirse. Sabía lo que hacía. Tenía el instinto de una inercia creciente, de un objeto que elige el lugar en el que descansar y abandonarse a la apatía, a la más absoluta y profunda indiferencia. Dejaría que la maquinaria lo transportara: marido, padre, director de mina, cálida arcilla modelada por la actividad recurrente de un día tras otro, por la gigantesca máquina que suministraba el movimiento. En cuanto a Winifred, era una mujer culta, y estaba hecha de la misma pasta que él. Sería una buena compañera. Era su hembra.