El arco iris
El arco iris Soñó cómo ganarse el cariño de aquellos niños insignificantes y feos. Les daría un trato muy personal. Los maestros siempre eran severos e impersonales. No establecían un vínculo vital. Ella lo volvería todo personal y vital, se entregaría, se entregaría, se entregaría, entregaría hasta la última gota de sus riquezas ocultas a los niños, les haría tan felices que la preferirían a cualquier maestra en el mundo entero.
En navidades, escogería para ellos las tarjetas de felicitación más fascinantes, y organizaría una alegre fiesta en el aula.
El director, el señor Harby, era un hombre bajito y gordo, bastante vulgar, pensó Ursula. Pero ella levantaría ante él la antorcha de la gracia y el refinamiento, y él no tardaría en tenerla en el mejor concepto; sería el resplandeciente sol del colegio, los niños florecerían como briznas de hierba, los demás maestros, como plantas altas y duras, se convertirían en una flor exótica.
Llegó la mañana del lunes. Era finales de septiembre y una llovizna fina envolvía a Ursula como un velo, infundiéndole una sensación de intimidad, un mundo propio. Se encaminó al territorio desconocido. El antiguo se borró completamente. El velo que ocultaba el nuevo mundo se rasgaría. La incertidumbre la atenazaba mientras bajaba la cuesta en la lluvia, con su almuerzo en una bolsa.