El arco iris

El arco iris

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Ursula se sintió avergonzada, incompetente. Había quedado en evidencia delante de sus alumnos. Y la atormentaba que todo fuera tan contradictorio. El señor Harby parecía muy poderoso, muy masculino, con sus cejas negras y su frente amplia, la mandíbula prominente, el bigote grande y largo: ¡tan viril y tan dotado de fuerza y poder masculinos, además de cierta belleza innata y ciega! Podía sentirse atraída por él como hombre. Pero su condición en el colegio era otra, estaba organizando un escándalo por una menudencia como que un niño había hablado sin permiso. Sin embargo, no era un hombre quisquilloso. Parecía animado por un espíritu perverso, empecinado y cruel, prisionero de una tarea demasiado insignificante y nimia para él, que sin embargo desempeñaba con una aquiescencia servil, porque tenía que ganarse la vida. No tenía más dominio de sí que el de esta voluntad absoluta, empecinada y ciega. Conseguía cumplir con su trabajo por pura obligación. Y su trabajo consistía en que los niños aprendieran a escribir correctamente la palabra «prudencia» y en poner una mayúscula después de un punto. Los machaba con estos detalles, rebosante de odio sojuzgado, sojuzgándose hasta volverse loco. Ursula sufría desesperadamente viendo al hombre de figura menuda, atractivo y poderoso que enseñaba a los alumnos. Era muy triste que tuviera que comportarse de este modo. Tenía un espíritu digno, poderoso y tosco. ¿Por qué le preocupaba tanto la redacción sobre «El conejo»? Pero su voluntad lo obligaba a enfrentarse a los alumnos, a insistir en un asunto tan trivial. Se había convertido en un hábito para él ser tan insignificante y tan vulgar, estar tan fuera de lugar. Ursula se percataba de lo vergonzoso de su situación, de la maldad acumulada que a la larga le hacía arder de rabia perversa, lo transformaba en un ser encadenado, recalcitrante y pertinaz. Era una situación verdaderamente intolerable. La crispación era un suplicio para Ursula. Observó a los niños callados, atentos, como cristalizados en un orden y una forma rígida y neutra. El señor Harby tenía la facultad de cristalizar a los niños, de convertirlos en fragmentos duros, mudos y someterlos a su voluntad: a su voluntad brutal, que los dominaba exclusivamente por la fuerza. También ella tenía que aprender a someterlos a su voluntad: tenía que conseguirlo. Era su obligación, porque así era el colegio. El director había logrado que el orden cristalizara en la clase. Sin embargo, casi causaba horror ver que un hombre tan fuerte y poderoso necesitaba de todo su poder para semejante propósito. Había algo horrendo en su actitud. El brillo extraño y cordial de su mirada era decididamente perverso y desagradable, su sonrisa una tortura. No podía ser imparcial. No podía tener una intención clara y pura, solo podía ejercer su voluntad brutal. No creía en absoluto en la educación que infligía año tras año a sus alumnos. Tenía que intimidar, únicamente intimidar, aunque con ello torturase vergonzosamente su naturaleza íntegra, como una lanza desgarradora. Estaba completamente ciego y fuera de lugar, era repugnante. Ursula no soportaba mirarlo. La situación en su conjunto era un error catastrófico.


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