El arco iris
El arco iris No se veía capaz de enseñar a aquel montón de brutos en aquel colegio brutal: nunca lo conseguiría, nunca. Sin embargo, si fracasaba, en cierto modo se iría a pique. Se vería obligada a reconocer su derrota a manos del mundo masculino, no podría ocupar un lugar en él, tendría que someterse al señor Harby. Y así continuaría eternamente, sin haber conseguido liberarse del mundo masculino, sin haber alcanzado la libertad del importante mundo del trabajo responsable. Maggie había sabido encontrar su sitio en este mundo, incluso ponerse al mismo nivel que el señor Harby y liberarse de él; y su espíritu deambulaba cada instante por avenidas lejanas y veredas poéticas. Maggie era libre. A pesar de todo, había en su voluntad cierto sometimiento. El señor Harby, el hombre, no sentía ninguna simpatía por la mujer reservada, por Maggie. El señor Harby, el director, respetaba a su maestra, la señorita Schofield.
Ursula, de momento, envidiaba y admiraba a Maggie. Aún tenía que llegar a donde había llegado su compañera. Aún tenía que hacer ese camino. Ocupaba una posición en el territorio del señor Harby y tenía que conservarla. Porque el director empezaba a atacarla sin tregua, a apartarla de su escuela. Ursula no sabía poner orden. Su clase era un desastre, el punto débil del mecanismo escolar. Por eso tenía que marcharse, para que alguien más eficiente ocupara su lugar, alguien capaz de imponer disciplina.