El arco iris
El arco iris El arco iris
Ursula regresó a Beldover débil, abatida y encerrada en sí misma. Apenas hablaba o se fijaba en nada. Parecía que sus fuerzas se hubieran congelado. Su familia le preguntó qué ocurría. Se lo contó, había roto el compromiso con Skrebensky. Se quedaron perplejos, enfadados. Pero Ursula ya no sentía nada.
Pasaba las lentas semanas en un estado de desidia. Él ya se habría marchado a la India. Le interesaba muy poco. Estaba inerte, sin fuerzas ni interés por nada.
Un día la estremeció una sacudida tan violenta que creyó que iba a desmayarse. ¿Estaba embarazada? Su dolor era tan grande que nunca se había parado a pensar en esta posibilidad. Ahora, como una llama, la sensación se apoderaba de su cuerpo. ¿Estaba embarazada?
En el fuego y el asombro de las primeras horas no sabía qué sentir. Se sentía como atada a una hoguera. Las llamas la lamían y la devoraban. Pero al mismo tiempo eran agradables. La agotaban y le permitían descansar. Se dejó envolver y consumir por las llamas, para descansar. No sabía qué sentía en el corazón y en las entrañas. Era una especie de desvanecimiento.
Luego, progresivamente, la pesadumbre empezó a aflorar a su conciencia. ¿Qué estaba haciendo? ¿Estaba embarazada? ¿Iba a tener un hijo? ¿Para qué?
