El Caballito de Madera
El Caballito de Madera El niño la miró con una expresión vacilante.
—¿Por qué? —preguntó.
—No sé. Nadie sabe por qué algunos tienen suerte y otros no.
—¿No? ¿Nadie pero nadie? ¿No hay nadie que sepa?
—¡Quizá lo sepa Dios! Pero Él nunca lo dice.
—Oh, pero deberÃa decirlo. ¿Tú tampoco tienes suerte, mamá?
—No puedo tenerla, recuerda que estoy casada con un hombre sin suerte.
—Pero tú por ti sola, ¿no tienes suerte?
—Antes de casarme creo que sÃ. Pero ahora veo que soy una desdichada.
—¿Por qué?
—¡Bueno, basta de preguntas! Quizá no sea desdichada en realidad…
El niño la miró para ver si lo que decÃa era cierto. Pero advirtió por la expresión de su boca, que algo estaba tratando de ocultar.
—Bueno, de todas maneras —dijo con firmeza—, yo soy una persona de suerte.
—¿Por qué? —preguntó su madre echándose a reÃr.
Él la miró. Ni siquiera sabÃa por qué habÃa dicho tal afirmación.
