Historias de lo oculto
Historias de lo oculto HabÃa decidido no acostarse en toda la noche, en una especie de penitencia. El telegrama decÃa simplemente: «Ofelia estado crÃtico.» SentÃa, dadas las circunstancias, que meterse en la cama del wagon-lit serÃa frÃvolo. De modo que se quedó sentado, abrumado, en el vagón de primera clase, mientras la noche caÃa sobre Francia.
Él, sin duda, deberÃa encontrarse junto al lecho de enferma de Ofelia. Pero Ofelia no lo querÃa. De modo que estaba sentado en el tren.
Muy hondo dentro de él habÃa un peso negro y grave, como un tumor lleno de puras tinieblas que pesara sobre sus entrañas. Siempre se habÃa tomado la vida seriamente. Ahora la seriedad lo aplastaba. Su hermoso rostro moreno y bien afeitado podÃa haber sido el de Cristo en la Cruz, con las espesas cejas negras enarcadas en aturdida angustia.
La noche en el tren era como un infierno: nada era real. Dos inglesas avejentadas sentadas frente a él habÃan muerto hacÃa rato, quizá antes que él. Porque, naturalmente, él estaba muerto.
El amanecer, lento y gris, asomó en las montañas de la frontera, y lo contempló sin verlo. Pero su mente repetÃa:
«Y cuando llegó el alba, opaca y triste
y frÃa de lluvia temprana,
