Historias de lo oculto
Historias de lo oculto La muchedumbre dominguera llegaba por oleadas del funicular. A oleadas fluían y refluían por la cervecería al aire libre. Nadie se gastaba el dinero. Uno que otro pagaba para subir a la torre de vigilancia para contemplar desde ella un mundo de vapores, de colinas negras, ligeras y en cuclillas, y de ciudades medio asadas. Luego, todo el mundo se dispersaba por los senderos, yendo a sentarse entre los árboles, al aire fresco.
No había ni un soplo de viento. Si, tendido, se contemplaba hacia arriba el hirsuto y bárbaro mundo intermedio de los pinos, era difícil saber si los altos troncos puros soportaban sobre ellos la espesura de tinieblas, o si descendían de ella como cordeles que se dejara pender. Fuera como fuera, entre el mundo de las cimas de los árboles y el mundo terrestre se tendían las maravillosas cuerdas limpias de innumerables troncos orgullosos de árboles, limpios como la lluvia. Y, mientras se contemplaba aquello, se veía moverse el mundo superior levemente, muy levemente, oscilar muy levemente, con un movimiento circular, a pesar de que los troncos, más abajo, permanecían absolutamente inmóviles, monolíticos.
No había nada que hacer. No había en todo el mundo nada que hacer, y nada por ser hecho. ¿Por qué habíamos subido todos a la cima del Merkur? No tenemos nada que hacer.