La serpiente emplumada

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CAPÍTULO V

EL LAGO

Owen se marchó y Villiers se quedó unos días más para acompañar a Kate hasta el lago. Si a ella le gustaba y podía encontrar una casa, se quedaría allí sola. Conocía a las suficientes personas en México y Guadalajara para no sentirse solitaria. Pero todavía le asustaba viajar sin compañía por el país.

Quería dejar la ciudad. El nuevo presidente había ascendido al poder entre una calma razonable, pero existía una desagradable sensación de altanería en las clases bajas, como si el último perro quisiera trepar suciamente hasta la cima. Kate no tenía nada de snob: hombre o mujer, no le importaba en absoluto la clase social. Pero odiaba la mezquindad y la sordidez. Odiaba a los arribistas; todos eran sucios, todos estaban llenos de envidia y malicia, muchos tenían la rabia. Ah, era preciso guardarse de aquellos perros de mezquino gruñido y dientes amarillentos.

Tomó el té con Cipriano antes de irse.

—¿Cómo le va con el Gobierno? —le preguntó.

—Represento a la ley y la Constitución —repuso él—. Saben que no me interesan los cuartelazos* o revoluciones. Don Ramón es mi jefe.


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