La serpiente emplumada

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CAPÍTULO XI

SEÑORES DEL DÍA Y DE LA NOCHE

Después del almuerzo, don Ramón se retiró a su dormitorio para dormir una hora. Era una tarde calurosa y tranquila. Había nubes erguidas y espléndidas sobre el extremo oeste del lago, como mensajeros. Ramón entró en su alcoba y cerró balcones y postigos hasta que la oscuridad fue completa, exceptuando los amarillos lápices de luz que se erguían como materia en la penumbra, causados por las rendijas de los postigos.

Se desnudó, y en la oscuridad lanzó sus puños hacia arriba, por encima de la cabeza, en una terrible tensión de plegaria honesta y profunda. En sus ojos sólo había oscuridad, y, lentamente, la oscuridad giró también en su cerebro y le extinguió la mente. Sólo una poderosa voluntad se elevaba y temblaba desde su espina dorsal en la inmensa tensión de su plegaria. Y una vez elevado en la oscuridad, con tensión inhumana, el arco invisible del cuerpo, las flechas del alma se dispararon hacia el blanco y la plegaria llegó a su destino.

Entonces, de repente, los puños y los brazos trémulos cayeron y el cuerpo recobró su suavidad. El hombre había recuperado su fuerza una vez más. Había roto los cordones del mundo y era libre en esta otra fuerza.


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