La serpiente emplumada
La serpiente emplumada LAS PRIMERAS AGUAS
Los hombres se habían levantado y cubierto, puesto los sombreros y tapado sus ojos un instante, como saludo a Ramón, antes de marcharse por la escalera de piedra. La puerta de hierro de abajo se había cerrado con estrépito y el portero había vuelto con la llave, para colocarla sobre el tambor y alejarse con suavidad y delicadeza.
Ramón siguió sentado sobre su sarape, con los hombros desnudos apoyados contra la pared y los ojos cerrados. Estaba cansado, y se encontraba en aquel estado de supremo aislamiento que hace muy difícil regresar al mundo. Con las orejas podía oír los ruidos de la hacienda, incluso el tintineo de las cucharillas de té y las voces bajas de las mujeres, y, más tarde, el rumor lento y entrecortado de un automóvil que subía por el camino desigual y se detenía triunfalmente en el patio.
Era difícil volver a estas cosas. Los ruidos sonaban en la parte exterior de sus orejas, dentro de las cuales había el lento, vasto e ineludible zumbido del cosmos, como en una concha. Era difícil tener que soportar el contacto de las cosas cotidianas cuando el alma y el cuerpo estaban desnudos frente al cosmos.
