La serpiente emplumada
La serpiente emplumada LA HORA DEL TÉ EN TIACOLUIA
Owen volvió al hotel a eso de las seis y media, cansado, excitado, un poco culpable y muy arrepentido de haber dejado sola a Kate. Y ahora que todo había pasado, bastante deprimido.
—Oh, ¿cómo te ha ido? —gritó en cuanto la vio, pesaroso como un muchacho por su pecado de omisión.
—Me ha ido estupendamente. He tomado el té en Sanborn y comido tarta de fresas... ¡buenísima!
—¡Oh, cuánto me alegro! —rió él, lleno de alivio—. ¡Entonces, no estabas demasiado impresionada! Lo celebro. He tenido horribles remordimientos después de dejarte ir, imaginando todas las cosas que suelen ocurrir en México, como que el chófer te llevara a una región remota para robarte y todo lo demás, aunque en el fondo sabía que no te pasaría nada. ¡Oh, lo mal que lo he pasado yo, con la lluvia y toda esa gente tirándome objetos a la calva, y aquellos caballos... qué horrible, ¿verdad? Me extraña seguir todavía vivo —y rió, cansado y excitado, llevándose la mano al estómago y poniendo los ojos en blanco.
—¿No estás empapado? —inquirió ella.
