La serpiente emplumada
La serpiente emplumada LOS HIMNOS ESCRITOS DE QUETZALCÓATL
La luz eléctrica era en Sayula tan inconstante como todo lo demás. Solía venir a las seis y media de la tarde y podía funcionar valientemente hasta las diez de la noche, hora en que se extinguía con un clic. Pero en general no ocurría así. Con frecuencia se negaba a aparecer hasta las siete, o las siete y media, o incluso las ocho. Pero su peor truco era apagarse justo en mitad de la cena o cuando se estaba escribiendo una carta. De repente, la negra noche mexicana caía sobre uno con un golpe sordo. Y entonces todo el mundo corría a tientas en busca de cerillas y velas, llamando con voces asustadas. ¿Por qué estaban siempre asustadas? Después, la luz eléctrica, como si estuviera herida, intentaba revivir, y un resplandor rojo ardía en las bombillas, siniestro. Todo el mundo contenía el aliento: ¿venía o no venía? A veces se extinguía definitivamente, otras cobraba ánimos y ardía, un poco opaca, pero mejor que nada.
