La serpiente emplumada
La serpiente emplumada AUTO DE FE
Ramón vio a Carlota y sus hijos en la ciudad, pero fue una reunión bastante estéril. El chico mayor estuvo sencillamente incómodo en presencia de su padre, pero el joven Cipriano, que era delicado y muy inteligente, mostró a su progenitor cierto altivo desagrado.
—¿Sabes qué se está cantando, papá? —preguntó.
—No sé todo lo que se canta —contestó Ramón.
—Cantan... —el chico vaciló, y luego, con su voz clara y joven, entonó, al son de La Cucaracha*:
«Don Ramón no bebe, no fuma
Doña Carlota desearía que lo hiciera.
Va a lucir el manto azul celeste
Que ha robado a la Madre de Dios.»
—No, no es cierto —dijo Ramón, sonriente—. El mío tiene una serpiente y un pájaro en el centro, y zigzags negros y un fleco rojo. Sería mejor que vinieras a verlo.
—¡No, papá! ¡No quiero verlo!
—¿Por qué no?
—No quiero mezclarme en este asunto. Nos hace parecer ridículos a todos.
