La serpiente emplumada
La serpiente emplumada BODA SEGÚN QUETZALCÓATL
Kate se ocultó en su casa, despavorida. No soportaba hablar con la gente, ni siquiera podía resistir los incoherentes discursos de Juana. Los hilos que la unían a la humanidad parecían haberse roto. Las pequeñas cosas humanas habían dejado de interesarla. Sus ojos eran más oscuros, y ciegos para los individuos. Todos eran individuos, como hojas que crujen en la oscuridad. Y ella estaba sola bajo los árboles.
La mujer de los huevos quería seis centavos por huevo.
—Y yo le he dicho... yo le he dicho... ¡que los compramos por cinco centavos! —prosiguió Juana.
—¡Claro! —convino Kate. No le importaba que los compraran a cinco o a cincuenta, o que no los compraran.
No le importaba, no le importaba en absoluto. Ni siquiera le importaba la vida. No había modo de escapar a su completa indiferencia. Sentía indiferencia por el mundo entero, incluso por la misma muerte.
—¡Niña! ¡Niña! ¡Aquí está el hombre de las sandalias! ¡Mire, mire que bonitas se las ha hecho! ¡Mire que huaraches mexicanos va a usar la Niña!
