La serpiente emplumada

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CAPÍTULO XXI

LA REAPERTURA DE LA IGLESIA

Kate volvió a su casa de Sayula, y Cipriano a su cuartel de la ciudad.

—¿No quieres venir conmigo? —inquirió él—. ¿Por qué no nos casamos civilmente y vivimos en la misma casa?

—No —repuso ella—. Me he casado contigo por Quetzalcóatl y por nadie más. Seré tu esposa en el mundo de Quetzalcóatl y no en otro. Y si la estrella ha surgido entre nosotros, la contemplaremos.

Sentimientos de pugna jugaron en los ojos oscuros de Cipriano. No podía soportar que le contrariaran. Pero en seguida volvió la mirada fuerte y distante.

—Muy bien —dijo—. Es lo mejor.

Y se marchó sin volver a mirarla.

Kate volvió a su casa, sus criados y su mecedora. En su interior se mantenía muy quieta y casi sin pensamientos, haciendo caso omiso del paso del tiempo. Lo que debía ocurrir, ocurriría por sí mismo.

Ya no temía las noches, cuando estaba sola en la oscuridad. Pero temía un poco los días. La asustaba mortalmente cualquier contacto.


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