La serpiente emplumada
La serpiente emplumada EL VIVIENTE HUITZILOPOCHTLI
Enterraron a doña Carlota en Sayula, y Kate, aunque era una mujer, asistió también al funeral. Don Ramón seguía al féretro con sus ropas blancas y su gran sombrero con el signo de Quetzalcóatl. Sus hijos iban con él; había muchos desconocidos, hombres vestidos de negro.
Los muchachos eran extraños adolescentes con sus trajes negros de pantalones fruncidos en las rodillas. Tenían ambos la cara redonda y el cutis de un marrón cremoso, con cierto matiz rosado. El mayor, Pedro, se parecía más a don Ramón; pero sus cabellos eran más suaves, más finos que los de su padre, y tiraban a castaños. Era taciturno y torpe y mantenía la cabeza baja. El menor, Cipriano, tenía los cabellos castaños y los ojos asombrados, de color avellana, de su madre.
Habían venido desde Guadalajara en coche con su tía y regresarían directamente a la ciudad. En el testamento, la madre había nombrado tutores para ellos, especificando que su padre consentiría en ello. Y había dejado su considerable fortuna a los dos muchachos. Pero el padre era uno de los fideicomisos.
