La serpiente emplumada

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CAPÍTULO XXIV

MALINTZI

Cuando se prohibió a las mujeres la entrada en la iglesia, Kate se fue a su casa deprimida e inquieta. Las ejecuciones la habían escandalizado y entristecido. Sabía que Ramón y Cipriano hacían lo que hacían con deliberación; creían en sus actos y obraban según su conciencia. Y era probable que, como hombres, tuvieran razón.

Pero sólo parecían hombres. Cuando Cipriano dijo: El hombre que es hombre es más que un hombre, parecía llevar hasta el punto máximo la significación masculina con una especie de cualidad demoníaca. A ella se le antojaba todo una voluntad terrible, el ejercicio de una pura y espantosa voluntad.

Y en el fondo de su alma sentía repulsión contra esta manifestación de voluntad pura. Aunque también era fascinante. Había algo oscuro, brillante y fascinador en Cipriano y en Ramón. ¡El poder sombrío y despiadado, incluso la pasión de voluntad en los hombres! ¡La extraña, sombría y lustrosa belleza de todo ello! Kate reconocía que se hallaba bajo su hechizo.


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