La serpiente emplumada

La serpiente emplumada

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CAPÍTULO XXXVII

¡AQUÍ!

Kate y Teresa se visitaban mutuamente por el lago. Existía una afinidad y una dulzura entre ellas, en especial ahora que Kate iba a estar ausente durante un tiempo.

Había cierta pureza otoñal en el lago. La humedad persistía, los matorrales de las salvajes colinas eran cabelleras verdes. La luz del sol prestaba un denso resplandor a las montañas, y las sombras eran profundas y aterciopeladas. El verdor casi cubría las rocas y la tierra rosada. La caña de azúcar exhibía un verde brillante, la tierra arada era roja, y los árboles oscuros, con los puntos blancos de los pueblos aquí y allí. Y en los lugares salvajes había un pespunte de zarzas y rocas desnudas y grises.

El cielo era muy alto y puro. Por la mañana se oía el sonido de tambores, y, en el aire inmóvil y cristalino, el grito para las pausas del día. Y el día parecía estar siempre deteniéndose y desdoblándose para su mayor misterio. Daba la impresión de que el universo se había abierto, vasto, suave, delicado y pletórico de vida.


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